El pájaro que aprendió a surfear
Mi amiga me dice que me relaje. Que intente poner la mente en blanco, que permita que mi respiración se regule y que las pulsaciones se tranquilicen. Una amiga que me quiere bien. Palabras llenas de amor que cuando aterrizan en mí crean puro estrés y confusión.
Piensa en flotar en el mar, me dice. El pelo a tu alrededor, el cuerpo ligero, el sol calentando tu cara y el agua refrescando tu cuerpo. La libertad, flotar, y dejarte llevar. En la cara plasmada su esperanza y yo mientras asiento y dibujo en mi cara una sonrisa falsa.
Entiendo lo que dice, lo que no logro es despegar mis emociones de la oscuridad en la que habitan. Quizá sea sol y playa, justo lo que necesita mi alma.
El primer pensamiento es un juicio habitual: No floto muy bien.
Pero sólo me lo tengo que imaginar, no que intentarlo en la vida real. Me tumbo en la cama, los brazos y los pies a distancia de estrella de mar. Y me pongo a respirar. Dentro, fuera, ritmo lento. Distraer a los pulmones para que no sepan que lo que intento es llenarlos, dejar que la mente vague a un lugar donde me relaje.
Y me imagino flotando, las olas meciendo mi cuerpo, la ingravidez mágica que produce el agua con sal. Me imagino en un mar infinito, sin playa ni ruido. Sola en este océano mental en el que se supone me voy a relajar.
Pero es que yo nunca he sabido flotar, he sido más de hundirme y aguantar la respiración hasta que alguien le quite el tapón al fondo de la bañera, el agua drene, y vuelva a asomarme la cabeza. Siempre he sido de profundidad y no de superficialidad. Así que flotar nunca ha estado entre mis planes. Es cierto que el escapar ha sido siempre una necesidad. Hacer uso de mi plumaje y echar a volar, a otro horizonte dónde no me encuentren los problemas, ni las obligaciones llenas de amenazas.
Y es que los pájaros migradores no están hecho para la olas de los mares.
Pero eso no es flotar, es huir a gran velocidad sobre corrientes calientes de aire que hacen que, por un momento no sientas el peso de la vida y las decisiones.
Flotar es algo que sólo aquellos capaces de disfrutar del verano saben hacer: surferos, influencers, niños y extranjeros.
Igualmente me obligo a sentir, no las sábanas debajo de mí, sino el agua fresca que me eriza la piel. Me obligo a oír, no el ruido de los coches en la calle, sino el silencio que produce la presión del océano. Me obligo a cambiar en mi mente la bombilla de mi habitación por un espectacular y calentito sol. Me obligo a flotar, aunque sea en estado mental.
Entonces, mientras intento mantener la mente en blanco, esta se me llena de colores. Porque el blanco siempre ha sido un color insulso, mi mente vibra con todo el arcoíris: rojo para el miedo, verde para la naturaleza, azul del cielo y la libertad, y este negro que tiñe los bordes que es pura ansiedad.
El negro de lo más profundo del mar. Desde el que se desperezan las criaturas que ahora me observan flotar. En mitad de la nada, sin tabla de surfear. Sin amarre ni escapatoria. Floto sola e indefensa sobre el hogar de las preocupaciones, que me miran burlonas, desde la profundidad de mis emociones. Este océano de calma es ahora una trampa, una cárcel donde la gravedad no me va a ayudar. Si viene a por mí el tiburón de la ansiedad, yo que no soy nadadora, de nada me voy a salvar.
Conjuro con mi mente un salvavidas, algo para huir del tiburón que viene a por mí. Flotador redondo descartado, parece endeble y poco preparado. Tabla de surfear entonces, con aleta semejante a sus rivales los tiburones. Me pongo de pie en mi imaginación y miro al miedo a través de agua de oscuro color. El océano ha pasado de cristalino a nublado, y la infinitud del horizonte se siente inmensa y amenazante. Pero sobre mi tabla me preparo para el ataque que viene flechado. Bandazos y olas gigantes. Circulo amenazante de aletas. Y yo maldiciendo el momento en el que un pájaro se mojó el plumaje.
Me agarro con desesperación al borde de mi salvación. Miro al cielo y proclamo: si me salvo, aprendo a vivir pedaleando.
Ya no más hacer la piedra, y hundirme en mi miseria. Ya no más inmovilidad para mimetizarme con la soledad. Ya no más permitir que las emociones me dominen a mí. Si me salvo de este tornado en medio del océano, me aseguraré de construir una barca, una red, un paracaídas y un flotador, para no hundirme más en mi dolor.
Si me salvo del ataque del tiburón, prometo surfear a puerto, y dar clases emocionales de natación.
Porque yo, que no sé flotar, voy a aprender a surfear.